Cada vez son más numerosos los padres de niños muy pequeños (de 3 a 6 años) que se quejan por no saber qué hacer para controlarles, que sus hijos no les obedecen, y que se enfrentan a muchas situaciones en las que los niños se comportan como "pequeños tiranos" que mandan sobre sus propios padres. Lo primero que les digo es que suele ser un error muy extendido por algunos padres (grupo en el que, a veces, me he incluido) el de establecer "límites blandos", como los denomina R.J. MacKenzie en su obra "Poner Límites. Cómo educar a niños responsables e independientes con límites claros".
Este autor caracteriza los límites blandos como "Cuando NO significa SI, A VECES, o QUIZÁ". Es decir, le estamos diciendo ‘No’ al niño, pero al no hacerlo con firmeza, el resultado es que nuestro hijo sigue portándose mal, no obedece, discute, etc. Un ejemplo cotidiano y muy común del establecimiento de un límite blando es cuando los padres tenemos que repetir una y otra vez las cosas al niño y hasta que no le damos un grito, éste no termina de hacernos caso.
Quiero dejar claro que establecer límites firmes no significa emplear castigos fuertes u otros métodos punitivos sino, al contrario, actuar con serenidad pero con firmeza y de manera consciente. Para educar de una forma eficaz a nuestros hijos debemos marcar las reglas en casa con el objetivo de cumplirlas. El secreto es hacerlo de manera coherente y con firmeza.
Una de las consecuencias educativas de una falta de habilidad a la hora de establecer las normas y de marcar los límites puede ser la falta de respeto, que se produce cuando hablamos demasiado, exageramos en la emoción, y en muchos casos, equivocándonos en nuestra forma de expresar con claridad lo que queremos o lo hacemos con demasiada autoridad.
De esta manera, cuando necesitamos decir a nuestros hijos que deben hacer algo y "ahora" señala algunos consejos básicos para aplicar límites educativos tales como:
Es frecuente que digamos o escuchemos expresiones como "pórtate bien", "sé bueno", o "no hagas eso"; estas expresiones significan diferentes cosas para diferentes personas. Nuestros hijos nos entenderán mejor si marcamos nuestras normas de una forma más concreta. Un límite será más claro para el niño si está especificado con frases cortas y órdenes concretas. "Habla bajito en una biblioteca", "da de comer al perro ahora", "agarra mi mano para cruzar la calle" son algunos ejemplos de formas que pueden aumentar la relación de complicidad con tu hijo.
En muchos casos, logramos dar a nuestros hijos una oportunidad limitada para decidir cómo cumplir sus "órdenes". La libertad de oportunidades hace que un niño sienta una sensación de poder y control, reduciendo las resistencias. Por ejemplo: "Es la hora del baño ¿te quieres duchar o prefieres bañarte?". "Es la hora de vestirse ¿quieres elegir un traje o lo hago yo?. De esta forma será más fácil y rápido dar opciones a un niño para que haga exactamente lo que queremos.
En cuestiones realmente importantes, cuando existe una resistencia a la obediencia, nosotros necesitamos aplicar el límite con firmeza. Por ejemplo: "Vete a tu habitación ahora" o "¡Para!, los juguetes no son para tirar" son una muestra de ello. Los límites firmes se aplican mejor con un tono de voz seguro, sin gritos, y un gesto serio en el rostro. Los límites más suaves suponen que el niño tiene una opción de obedecer o no. Ejemplos de ligeros límites: "¿Por qué no te llevas los juguetes fuera de aquí?"; "Debes hacer las tareas de la escuela ahora"; " Vente a casa ahora, ¿de acuerdo?" o "Yo realmente deseo que te limpies". Esos límites son apropiados para cuando se desea que el niño tome un cierto camino. De cualquier modo, para esas pocas obligaciones "debe estar hecho", serás mejor cómplice de tu hijo si aplicas un firme mandato. La firmeza está entre lo ligero y lo autoritario.
Los niños son más receptivos al "hacer" lo que se les ordena cuando reciben refuerzos positivos. Algunas represiones directas como el "no" o "para" dicen a un niño que es inaceptable su actuación, pero no explica qué comportamiento es el apropiado. En general, es mejor decir a un niño lo que debe hacer ("Habla bajo") antes de lo que no debe hacer ("No grites"). Los padres autoritarios tienden a dar más órdenes y a decir "no", mientras los demás suelen cambiar las órdenes por las frases claras que comienzan con el verbo "hacer".
Cuando decimos "quiero que te vayas a la cama ahora mismo", estamos creando una lucha de poder personal con nuestros hijos. Una buena estrategia es hacer constar la regla de una forma impersonal. Por ejemplo: "Son las 8, hora de acostarse" y le enseñas el reloj. En este caso, algunos conflictos y sentimientos estarán entre el niño y el reloj.
Cuando un niño entiende el motivo de una regla como una forma de prevenir situaciones peligrosas para sí mismo y para otros, se sentirá más animado a obedecerla. De este modo, lo mejor cuando se aplica un límite, es explicar al niño porqué tiene que obedecer. Entendiendo la razón, los niños pueden desarrollar valores internos de conducta o comportamiento y crear su propia conciencia. Antes de dar una larga explicación que puede distraer a los niños, manifiesta la razón en pocas palabras. Por ejemplo: "No muerdas a las personas. Eso les hará daño"; "Si tiras los juguetes de otros niños, ellos se sentirán tristes porque les gustaría jugar aún con ellos".
Siempre que apliques un límite al comportamiento de un niño, intenta indicar una alternativa aceptable. Sonará menos negativo y tu hijo se sentirá compensado. De este modo, puedes decir: "ese es mi pintalabios y no es para jugar. Aquí tienes un lápiz y papel para pintar". Otro ejemplo sería decir: "no te puedo dar un caramelo antes de la cena, pero te puedo dar un helado de chocolate después". Al ofrecerle alternativas, le estás enseñando que sus sentimientos y deseos son aceptables. Este es un camino de expresión más correcto.
Una regla puntual es esencial para una efectiva puesta en práctica del límite. Una rutina flexible (acostarse a las 8 una noche, a las 8 y media en la próxima, y a las 9 en otra noche) invita a una resistencia y se torna imposible de cumplir. Rutinas y reglas importantes en la familia deberían ser efectivas día tras día, aunque estés cansado o indispuesto. Si das a tu hijo la oportunidad de dar vueltas a sus reglas, ellos seguramente intentarán resistir.
Deja claro a tus hijos que tu desaprobación está relacionada con su comportamiento y no va directamente hacia ellos. No muestres rechazo hacia los niños. Antes de decir "eres malo", deberíamos decir "eso está mal hecho" (desaprobación de la conducta)
Los investigadores señalan que cuando los padres están muy enojados castigan más seriamente y son más propensos a ser verbalmente y/o físicamente abusivos con sus niños. Hay épocas en que necesitamos llevar con más calma la situación y contar hasta diez antes de reaccionar. La disciplina consiste básicamente en enseñar al niño cómo debe comportarse. No se puede enseñar con eficacia si somos extremamente emocionales. Delante de un mal comportamiento, lo mejor es contar un minuto con calma, y después preguntar con tranquilidad, "¿qué ha sucedido aquí?". Todos los niños necesitan que sus padres establezcan las guías de consulta para el comportamiento aceptable. Cuanto más expertos nos hacemos en fijar los límites, mayor es la cooperación que recibiremos de nuestros niños y menor la necesidad de aplicar consecuencias desagradables para que se cumplan los límites. El resultado es una atmósfera casera más agradable para los padres y los hijos.
© 2012 Mª Arántzazu Bailón Sánchez - Logopeda y Pedagoga
info@logopediagranada.es - Diseño Web por InnovacionWeb.com